
Las medusas son comunes en casi todos los mares y océanos, aunque son más numerosas en aguas
La mayor parte de las medusas son capaces de provocar lesiones en la piel que frecuentemente aparecen como una dermatitis local reactiva en forma de enrojecimiento o erupción cutánea, que puede evolucionar, incluso, hacia la aparición de ampollas.
El tratamiento es sencillo y pasa por el uso de pomadas tópicas antiinflamatorias y hielo (que actúa como analgésico, antipruriginoso y antiinflamatorio).
Según un estudio publicado recientemente en la revista Pediatric Dermatology, algunas especies menos comunes pueden causar reacciones alérgicas de hipersensibilidad tipo IV, que se manifiestan con lesiones cutáneas que aparecen con un retraso de hasta un año con respecto al momento del contacto, y muy lejanas al sitio donde la medusa rozó al sujeto.
El peligro es que el paciente puede una sufrir una reacción al veneno acompañada de niveles altos de inmunoglobulina y otras patologías provocadas por reacciónes cruzadas.
Así mismo, algunas especies pueden causar daños potencialmente letales por sus altos niveles de veneno neurotóxico.
Entre estas especies se encuentran la «medusa portuguesa» (Physalia physalis) y la medusa “caja” o “cubo medusa” (Chironex fleckeri, Carukia barnesi, y Chiropsalmus quadrigatus).
Estas especies, como ya hemos dicho, no son muy comunes, por lo que lo más seguro es que, si este verano tenemos algún contacto con una medusa, lo máximo que tengamos sea un incómodo picor durante algunos días.
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